sábado, 8 de marzo de 2014

Dicen que cuando pasa uno de los pocos trenes que pasan en la vida...


debes subirte a él sin tener en cuenta el lugar o la fecha. Que da igual si llueve, nieva o hace sol, eso no importará, dentro de él te sentirás protegida de todo lo que pueda pasar fuera.
Pero ¿y si el maquinista de ese tren no sabe dónde quiere ir? Solo quiere que tú estés dentro, lo demás no le importa. ¿Qué valiosa te debes de sentir en ese momento, no? Van pasando las paradas, pero a él no le importa si hay alguien esperando, pasa por allí porque es su cometido, aunque ni se detiene.
Lo único que le preocupa es que tú estés presente en su tren. Te sientes protegida, ¿pero merece la pena no poder salir? Dentro no te ocurre nada perjudicial, pero tampoco nada que se salga de lo normal, de lo que acabas aborreciendo. Los vagones poco a poco se van deteriorando, incluso cuando hay fuertes ventiscas se llegan a desprender del resto del tren. Ahora en él ya no estás tan protegida, de hecho, es invierno, y no hay día en el que no te tengas que preocupar sobre si lloverá o nevará. ¿Recordáis lo que dije al principio? ‘Que da igual si llueve, nieva o hace sol...’ ¿Dónde queda ahora eso? Supongo que en el mismo lugar donde queda el ‘...sin tener en cuenta el lugar o la fecha’ porque los días van pasando, y solo puedes sacar cosas perjudiciales de tu estancia en ese tren.
Ahí es cuando te das cuenta de que debes bajar, dar las gracias por el viaje, sí, pero disculparte por no poder permanecer allí, por no poder o querer seguir pasándolo mal solo para satisfacer a alguien, en este caso, el maquinista del que en algún lugar y en algún momento, fue tu tren.

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Sieeeempre.

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