miércoles, 15 de julio de 2015

Cuestión de saber elegir.

Nos prometemos no volver a caer en ese pozo sin fondo del que un día deseamos salir. Nos prometemos que nunca más permitiremos que ese bucle infinito de ruina, dolor, infamia y daño  dominaría más en nosotros. Que ese estropicio sería el último que verían nuestros ojos. Entonces, cuando decides que solo vivirás el presente y que el futuro ya no será motivo de tus decisiones, aparecen unos ojos que te miran como hacía mucho tiempo no te miraban. Y los tuyos se fijan en que lo único que esos buscan es un lugar donde habitar, donde quedarse a descansar, a vivir, a soñar... Que quieren que ni en pleno invierno, ni en pleno Abril donde aguas mil, sean empañados por lágrimas debidas a aquel espantoso bucle. Pero que fallan. Que hacen que al final sean como lagos, exquisitos lagos que poseen toneladas de algo que, quizás sean lágrimas que provienen de ese desastre llamado amor. ¿Y qué más da? No podemos huir del dolor, pero podemos decidir quién puede llenarnos los ojos de lamento. La única persona a la que se debe permitir hacernos daño, es aquella que después de dañarnos se quede a sufrir con nosotros, y no se marche.

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Sieeeempre.

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